miércoles, 7 de octubre de 2009
Terrificados talones.
Estuvimos aniquilados y tristes como un tablón de madera en altamar. Casi redondos pero siempre largos y llenos de astillas, demasiada humedad. Uniformes sin techo, rinconcitos de acero, fiebres salinas en el fondo del final. Huesos flotantes y maderas, resonantes de nácar, mucho más que un aullido sometido al silencio. Nos convertimos en estatuas de la inercia, quizás, en campanas que repican en el suelo sin sonido, quizás, en cuerpos que se olvidan de su humilde condición de cuerpo, en hombres que se olvidan de su afortunada condición de hombre. Enturbiados, aniquilados los ojos, reducidos, limitado nuestro fondo ocular, dirigidos por máquinas y pulsos que provienen de otro lugar (tan alejado de nuestro centro). Y descubrimos que nuestra decisión había sido absolutamente relegada (relegada a un órgano disociado de los otros órganos). Y dijimos: - Vamos a volver a empezar. Quizás las manos ya no sean nuestras. Quizás nuestro asombro sea único y singular. Por mucho que las flores se sigan marchitando, y que los segundos pasen, de par en par. Por mucho que la planta petrolífera se haya instalado en este mar. Dijimos, vamos a volver a cogernos de las manos, vamos a dejar de merodear cual buitres teledirigidos por un caimán. Y aquellas lágrimas del cocodrilo que arde, y aquel par de argumentos para empezar. Y aquella única intención, surgida del cuerpo vanagloriado por la conciencia de su escasa y única condición de hombre. De hombre terrificado en este ancho espacio sideral.
martes, 6 de octubre de 2009
Ruinas calcáreas.
Ya no tengo el corazón encogido como una pluma de cristal.
Ya curé mis ansiados lechos, ya cubrí mis techos de sal.
Se fueron las larvas, se fue el alquitrán.
Y ese chico que me amaba, también se fue.
Ya curé mis ansiados lechos, ya cubrí mis techos de sal.
Se fueron las larvas, se fue el alquitrán.
Y ese chico que me amaba, también se fue.
lunes, 5 de octubre de 2009
Conversaciones con B
A: -Y estamos de acuerdo con las nubes. Aquellos árboles que nos desaventajaron nos dieron ventaja. Y tu guerra fue luz en la oscuridad. Y ni los mástiles ni las raíces nos prometen nada. Porque sabemos que es la sangre alrededor. Y esta fría oscuridad.
B: -Yo no soy un escritor de tierra. Yo escribo en la sangre y en el mar. Yo escribo desde el último lugar en que los ciegos supieron andar sin ramas. Vociferar entre sombras y encinas, y enhebrar la aguja más callada del sedal. Yo os prometo que el final no es más largo que el principio. Y este mar, no es más callado que el principio (…) y este mar, no es más frío que el final.
B: -Yo no soy un escritor de tierra. Yo escribo en la sangre y en el mar. Yo escribo desde el último lugar en que los ciegos supieron andar sin ramas. Vociferar entre sombras y encinas, y enhebrar la aguja más callada del sedal. Yo os prometo que el final no es más largo que el principio. Y este mar, no es más callado que el principio (…) y este mar, no es más frío que el final.
domingo, 20 de septiembre de 2009
Verdades caladas bajo la alfombra
Y se quedaron en la puerta.
Calados los pies en la entrada.
Cubiertos de plumas antiguas y con las manos pintadas.
Se preguntaban cuánto de todo aquello quedaba todavía en pie.
Atestiguaron todas las llamadas.
Y cayeron aturdidos en la alfombra,
abochornados de tanta revuelta vacua,
acongojados de tanto universo del revés.
Calados los pies en la entrada.
Cubiertos de plumas antiguas y con las manos pintadas.
Se preguntaban cuánto de todo aquello quedaba todavía en pie.
Atestiguaron todas las llamadas.
Y cayeron aturdidos en la alfombra,
abochornados de tanta revuelta vacua,
acongojados de tanto universo del revés.
martes, 8 de septiembre de 2009
Una mancha difícil de quitar
Existe tanta espesura en la mente del hombre, que a veces es difícil tan siquiera trazar un simple mapa, una simple línea que dibuje un corto recorrido. Entonces se hace necesario limpiar esa atmósfera y quitar las telarañas, y transformar la bruma en otra forma de riqueza mental. En esos momentos no es tan importante pensar, como liberar las cargas de nuestro pensamiento acumulado. Así, provocamos que la tormenta ceda paso a la mansedumbre que siempre viene después. Es en esa mansedumbre momentánea cuando se puede volver a comenzar de nuevo cualquier tarea, de una forma mucho más fresca y nueva, y sin ningún miedo a romper con el camino precedido. En realidad todos esos caminos ya dejan por sí mismos en nosotros llaves resueltas, y si se han andado a todas todas, no hace falta tenerlos disecados en nuestra maleta para emprender el siguiente. Pues como habremos oído ya mil veces, la particularidad de nuestros caminos es que no son objetos, sino sólo vehículos a través de los que evolucionamos. Entonces, si queremos andar con calma y volver a pensar con propiedad, deberemos sin duda afrontar la tormenta, adentrarnos en ella, y salir ilesos y más fuertes que el día anterior.
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