No dudaste en salirme a buscar.
Pero te faltaba volver una vez saliste
a encontrarme en el otro lado del río
—allí dónde los peces llegaban a miles—
y rompían las compuertas de velocidad.
No dudaste en decir sin preguntar.
Pero se te olvidó el hacer sin decir
y la nada una y otra vez en los espejos
—ajenos de tanto dibujar—
y el vacío tras ellos, instalado; duro imán.
Y se me fueron las ganas de ajustar la luz
antes de salir, quizás por falta de raíz,
quizás por esas cosas todavía por decir,
—y por tantas otras muertas sin fin—.
Tan sólo vale una mentira con clase
y bien cortada—si ésta se ejecuta
y dura (como un rifle) hasta el final—.
martes 8 de diciembre de 2009
lunes 7 de diciembre de 2009
Como la sal.
Entonces decidisteis cerrar ese lugar
tan triste y tan zurcido (por lo menos fruncido)
y acostumbrado a morir no más tarde de las 3h.
Pensasteis que quizás así dejarían de
amontonarse palomas y alcantarillas (murciélagos)
y otras ratas del lugar.
Imaginasteis que los ladridos y las chimeneas
se harían trizas en un abrir y cerrar de ojos (un par)
pero tuvisteis que empecinar tres vigas a un trozo de pan.
Ya os advertí que ni las fiebres ni las copas
tendrían la suficiente furia de escapar (huir del lugar)
y que quedaríais tiesos en el intento. Como la sal.
tan triste y tan zurcido (por lo menos fruncido)
y acostumbrado a morir no más tarde de las 3h.
Pensasteis que quizás así dejarían de
amontonarse palomas y alcantarillas (murciélagos)
y otras ratas del lugar.
Imaginasteis que los ladridos y las chimeneas
se harían trizas en un abrir y cerrar de ojos (un par)
pero tuvisteis que empecinar tres vigas a un trozo de pan.
Ya os advertí que ni las fiebres ni las copas
tendrían la suficiente furia de escapar (huir del lugar)
y que quedaríais tiesos en el intento. Como la sal.
sábado 5 de diciembre de 2009
La vida en verso
Soy pan de dinamita o carne de lago azulado.
Soy negra estirpe o blanco demencial.
Soy montón de algarabías calcinadas hasta rebentar,
o rebentones que se quedan
sin aire y se sientan, sin más.
Soy un desván de colchonetas, a un lado,
o ese bosque que queda, al final.
Soy toda la luz o toda la oscuridad.
Somos dos que chocan,
que se amigdalan y presienten,
ese límite crucial (y ese lento germinar).
Somos, esas dos fuera de lugar,
esas dos inquietas por saltar.
Somos rosas y espinas,
como todo dueño digno de collar.
Somos todas las muertes
y todos los que nacen encima,
(todas las vacas del portal).
Soy, ese dos de dos,
ese eterno umbral,
esa flor que brota
en el alféizar saliente del otro ventanal.
Sesgando siglos y siglos,
(y siglas políglotas y globos de glicima y miel).
Cuánto tardan en cruzar la entrada los que entran,
cuánto se demora la pausa en este parón que es
la vida en verso,
la eterna exiliada,
la espalda enajenada,
la lavativa,
la traspuesta,
la nunca más volver a empezar.
Soy negra estirpe o blanco demencial.
Soy montón de algarabías calcinadas hasta rebentar,
o rebentones que se quedan
sin aire y se sientan, sin más.
Soy un desván de colchonetas, a un lado,
o ese bosque que queda, al final.
Soy toda la luz o toda la oscuridad.
Somos dos que chocan,
que se amigdalan y presienten,
ese límite crucial (y ese lento germinar).
Somos, esas dos fuera de lugar,
esas dos inquietas por saltar.
Somos rosas y espinas,
como todo dueño digno de collar.
Somos todas las muertes
y todos los que nacen encima,
(todas las vacas del portal).
Soy, ese dos de dos,
ese eterno umbral,
esa flor que brota
en el alféizar saliente del otro ventanal.
Sesgando siglos y siglos,
(y siglas políglotas y globos de glicima y miel).
Cuánto tardan en cruzar la entrada los que entran,
cuánto se demora la pausa en este parón que es
la vida en verso,
la eterna exiliada,
la espalda enajenada,
la lavativa,
la traspuesta,
la nunca más volver a empezar.
viernes 4 de diciembre de 2009
Microrrelatos (o poemas) de 151 palabras: Historia de un plagio (de la mano de León Felipe). Un signo.
Un signo quiero un signo un signo un signo.
Permitidme encontrar la señal
escondida bajo las piedras,
y ya no me deis más réplicas.
Ya no enterréis más sonrisas enajenadas.
No me contéis más cuentos.
No me digáis más palabras mascadas ni tuertas.
Están todos enterrados bajo nuestras mantas.
Están todos ensoñados
en nuestros corazones siniestros de anteayer.
Están todos sellados y archivados
en las cajas fuertes de nuestro azulado Rey.
No supongáis nada.
No repitáis las palabras del pregonero fiel.
Hay réplicas exactas de todas las tragedias.
Hay crónicas de cada huella en nuestra piel.
Permitidme encontrar ese signo
bajo nuestro fuego de Ley,
y ya no encubráis las salmodias más.
Dejad de ovillar la circularidad del mito
en un mismo cuenco agujereado y sin final.
Dejad de decir que nuestra rama
sigue siendo dorada en el ventanal,
cuando las serpientes lloran.
No más cuentos más.
Llovemos cristal.
Permitidme encontrar la señal
escondida bajo las piedras,
y ya no me deis más réplicas.
Ya no enterréis más sonrisas enajenadas.
No me contéis más cuentos.
No me digáis más palabras mascadas ni tuertas.
Están todos enterrados bajo nuestras mantas.
Están todos ensoñados
en nuestros corazones siniestros de anteayer.
Están todos sellados y archivados
en las cajas fuertes de nuestro azulado Rey.
No supongáis nada.
No repitáis las palabras del pregonero fiel.
Hay réplicas exactas de todas las tragedias.
Hay crónicas de cada huella en nuestra piel.
Permitidme encontrar ese signo
bajo nuestro fuego de Ley,
y ya no encubráis las salmodias más.
Dejad de ovillar la circularidad del mito
en un mismo cuenco agujereado y sin final.
Dejad de decir que nuestra rama
sigue siendo dorada en el ventanal,
cuando las serpientes lloran.
No más cuentos más.
Llovemos cristal.
jueves 3 de diciembre de 2009
Frío sin fin
Ese irremediable fin,
que se sube por las paredes
y mata. Mata al fin.
Ese fin voluble y firme al poco
de llegar a las nubes, ese
acostumbrado a ser el último
que llega. Y que llega al fin.
Ese fin finísimo de filo en mano
errada, precoz y atormentada,
demasiado joven y auspiciada,
entrenada para aprovechar
en todo momento
las últimas migas del pastel.
Ese fin de semana ardiendo,
urdido en nuestras sombras vanas,
vanas por no ser más que sombras
dibujadas sobre una colcha,
o sobre un sofá.
Ese fin que nos deja al final,
ensangrentados y diestros,
precocinados cómo aquél
que confundió su andén por el nuestro
y nos metió en una caja luego,
acompañados de espinas y de trajes por usar
y nos metió finalmente en venta,
a la vuelta, en la estacada, en su propio pajar.
Y si ahora, si ahora ya no vendemos palomas,
será que nos quedamos sin estiércol,
sin cubiertos, sin huesos esfenoides,
sin golondrinas, sin humos ni hermanas
que acompañen las fuentes,
sin serpentinas ni esferas,
ni tan solo esfinges al final.
que se sube por las paredes
y mata. Mata al fin.
Ese fin voluble y firme al poco
de llegar a las nubes, ese
acostumbrado a ser el último
que llega. Y que llega al fin.
Ese fin finísimo de filo en mano
errada, precoz y atormentada,
demasiado joven y auspiciada,
entrenada para aprovechar
en todo momento
las últimas migas del pastel.
Ese fin de semana ardiendo,
urdido en nuestras sombras vanas,
vanas por no ser más que sombras
dibujadas sobre una colcha,
o sobre un sofá.
Ese fin que nos deja al final,
ensangrentados y diestros,
precocinados cómo aquél
que confundió su andén por el nuestro
y nos metió en una caja luego,
acompañados de espinas y de trajes por usar
y nos metió finalmente en venta,
a la vuelta, en la estacada, en su propio pajar.
Y si ahora, si ahora ya no vendemos palomas,
será que nos quedamos sin estiércol,
sin cubiertos, sin huesos esfenoides,
sin golondrinas, sin humos ni hermanas
que acompañen las fuentes,
sin serpentinas ni esferas,
ni tan solo esfinges al final.
lunes 30 de noviembre de 2009
Confesiones a medias y cuatro cuentas de collar
No teníamos más cuentas de collar. Ejecutamos a unos cuantos salmos llorones y rompimos cuatro páginas nomás. Comprometimos nuestras llaves con sus cerraduras apuestas, averiguamos cómo saltar sin caer desde tan alto. Respondimos a las mismas preguntas una y otra vez hasta quedarnos con una o dos palabras en la mano, y de la mano a la mesa, y de la mesa al desván. No supimos qué hacer con cada palabra, no supimos dibujar ni reír, ni siquiera trazar un plan. Las arrinconamos como quien ya ha perdido la noción del tiempo, o como quien lo conoce demasiado bien como para verlo, las arrinconamos como quien ya ha perdido el sentido en que giraban las agujas del reloj. Estupendamente reunidos con las patas bajo una mesa y las manos entre ese “uno” y ese “otro” lugar, aprendimos a decir callando todo lo que aprendimos. Y lo aprendimos casi sin mirar. Recomenzaba y nos dijimos “no hay tiempo”, y tras la puerta tú dijiste “ya no hay cuentas de collar”.
sábado 28 de noviembre de 2009
Microrelatos de 151 palabras: (intrusiones de Haruki Murakami y el pájaro de da cuerda al mundo) May Kasahara
– ¡Señor pájaro-que-da-cuerda!–gritó alguien desde el jardín. Era May Kasahara. Levanté los ojos de mi cuaderno gris y me ajusté la corbata. El nudo en la garganta me hizo atragantar unos cuantos alaridos y pernoctar algunas pausas. Reconocí el ardor de mis mejillas tras advertir paulatinamente el sudor de mis manos. Revolví en los bolsillos para ver si encontraba un maldito kleenex. Omití unos cuantos resoplidos silenciados. Bebí un poco de agua. La escupí de inmediato al reconocer el sabor envilecido de la acuarela. La tinta se regodeó en mis fauces. Seguí buscando ese kleenex. Comprobé que mi camisa siguiera intacta. Volví a alzar la mirada. Llevaba las mismas gafas de sol oscuras que la primera vez que la vi, un pantalón de algodón de color crema y un polo negro. Me quedé irremediablemente clavado en la silla. C'est tout. No es algo que se pueda explicar con facilidad.
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