martes, 13 de octubre de 2009
Cuando Maya se deshace de nuestros ojos extraños, nos deja si pagamos el precio.
Y si nos vaciamos las manos, si nos quitamos la piel y los anillos. Si nos cubrimos de barro y recogemos la piedra que volvemos a echar al río, veremos pasar la luz encerrada de las montañas, para pisar sólo una vez el altar de sus entrañas, poco visitado y parco en palabras, reservado a un escaso minuto por cada siglo. Si recogemos el líquido que nace entre pared y pared, y lo bebemos con el cuenco de las manos, con lo poco que nos queda, tan sólo una vez. Recobraremos entonces el tacto y el sonido, saldremos de la cueva sin quedarnos ciegos, y probaremos el sabor de lo que no tiene precio, tiempo ni espacio, tan sólo un ratito de inmensidad.
lunes, 12 de octubre de 2009
TaLes de luto.
Tras el cristal se mueven, todas esas lluvias finas, y todas esas alas cortadas. Sin saber cuál es la primera frase, pero escuchándola. Sin saber cuál es la última y llevándola al final. Cual sujeto de sacrificio. Esperando a que se nos entregue todo aquello que se nos prometió, por el simple hecho de ser fieles. Por el cruel oficio de ser libres. Tras atravesar el jardín encantado de las palabras, empuñaremos el arma, y escucharemos, una vez más, el eterno resonar de las campanas, tras cada pared.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Terrificados talones.
Estuvimos aniquilados y tristes como un tablón de madera en altamar. Casi redondos pero siempre largos y llenos de astillas, demasiada humedad. Uniformes sin techo, rinconcitos de acero, fiebres salinas en el fondo del final. Huesos flotantes y maderas, resonantes de nácar, mucho más que un aullido sometido al silencio. Nos convertimos en estatuas de la inercia, quizás, en campanas que repican en el suelo sin sonido, quizás, en cuerpos que se olvidan de su humilde condición de cuerpo, en hombres que se olvidan de su afortunada condición de hombre. Enturbiados, aniquilados los ojos, reducidos, limitado nuestro fondo ocular, dirigidos por máquinas y pulsos que provienen de otro lugar (tan alejado de nuestro centro). Y descubrimos que nuestra decisión había sido absolutamente relegada (relegada a un órgano disociado de los otros órganos). Y dijimos: - Vamos a volver a empezar. Quizás las manos ya no sean nuestras. Quizás nuestro asombro sea único y singular. Por mucho que las flores se sigan marchitando, y que los segundos pasen, de par en par. Por mucho que la planta petrolífera se haya instalado en este mar. Dijimos, vamos a volver a cogernos de las manos, vamos a dejar de merodear cual buitres teledirigidos por un caimán. Y aquellas lágrimas del cocodrilo que arde, y aquel par de argumentos para empezar. Y aquella única intención, surgida del cuerpo vanagloriado por la conciencia de su escasa y única condición de hombre. De hombre terrificado en este ancho espacio sideral.
martes, 6 de octubre de 2009
Ruinas calcáreas.
Ya no tengo el corazón encogido como una pluma de cristal.
Ya curé mis ansiados lechos, ya cubrí mis techos de sal.
Se fueron las larvas, se fue el alquitrán.
Y ese chico que me amaba, también se fue.
Ya curé mis ansiados lechos, ya cubrí mis techos de sal.
Se fueron las larvas, se fue el alquitrán.
Y ese chico que me amaba, también se fue.
lunes, 5 de octubre de 2009
Conversaciones con B
A: -Y estamos de acuerdo con las nubes. Aquellos árboles que nos desaventajaron nos dieron ventaja. Y tu guerra fue luz en la oscuridad. Y ni los mástiles ni las raíces nos prometen nada. Porque sabemos que es la sangre alrededor. Y esta fría oscuridad.
B: -Yo no soy un escritor de tierra. Yo escribo en la sangre y en el mar. Yo escribo desde el último lugar en que los ciegos supieron andar sin ramas. Vociferar entre sombras y encinas, y enhebrar la aguja más callada del sedal. Yo os prometo que el final no es más largo que el principio. Y este mar, no es más callado que el principio (…) y este mar, no es más frío que el final.
B: -Yo no soy un escritor de tierra. Yo escribo en la sangre y en el mar. Yo escribo desde el último lugar en que los ciegos supieron andar sin ramas. Vociferar entre sombras y encinas, y enhebrar la aguja más callada del sedal. Yo os prometo que el final no es más largo que el principio. Y este mar, no es más callado que el principio (…) y este mar, no es más frío que el final.
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