Los sueños en la espalda
como libélulas desalmadas
que ya no necesitan causa
ni cama dónde reposar las alas.
Se entremezclan fácil
entre los dedos y el colchón
—respaldando el alma—
aunque el cuerpo siempre sigue ahí.
Y ya despiertos le siguen
ajenos o ciertos
como papeles de acuerdo
entre la verdad
y aquello que dejó de serla.
Dispuestos a alargar la mano
y ya listos para empuñar el arma
—que yacía inerte bajo la almohada—.
Retuvieron en silencio todos los detalles
y velaron tras las llaves por nuestra cara,
descubriendo lentos nuestra piel nueva
y la serpiente que amanece sobre
la simiente que dejamos debajo.
(Poco antes de cerrar los ojos).
(Poco antes de encontrar la mano).